Historietas - Aníbal
Aníbal. Wikipedia
Hoy vengo a hablaros de Aníbal, no el de El Silencio de los Corderos, el otro. Si recuerdas algo de la E.S.O., quizá quedó en tu memoria que fue un general cartaginés que luchó contra los romanos.
Pues bien, estás en lo correcto, Aníbal siguió los pasos de su padre Amílcar, quien ya había iniciado la expansión de Cartago en la península ibérica. En aquel momento, había varios pueblos que se disputaban el control del Mediterráneo, pero sin duda, las dos grandes potencias eran Roma y Cartago, tal como muestra el mapa:
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Como
se puede ver en el mapa, Amílcar ya había avanzado bastante la
conquista contra los íberos, aunque estos lo derrotaron en batalla y
palmó. Si os interesa la historia de este señor, os recomiendo que
leáis el León de Cartago, que está flamas, pero hoy vamos a hablar
del hijo, Aníbal.
Aníbal
recogió el testigo de su padre y llevó el imperio Cartaginés a una
posición que nadie hubiese imaginado, gracias a sus increíbles
dotes de estratega que fascinaron incluso a sus rivales, como el
romano Cornelio Nepote, quien la bautizó como el más grande de los
generales.
¿Cómo
consiguió tal consideración? Aníbal era un tipo listo que utilizó
tácticas que todavía hoy se enseñan en academias militares. Aparte
hablaba varios idiomas, lo que le permitió relacionarse de manera
excepcional con las gentes que iba encontrando en su camino. Adquirió
para su ejército tropas de todos los territorios conquistados, pero
a diferencia de otros ejércitos de la época, se integraban como
mercenarios. Por ejemplo, reclutaron caballería en la Península y
honderos de Baleares. Lo normal al crear un conjunto tan multiétnico
y dispar es que pete por algún lado, más todavía si son
mercenarios. No fue así, Aníbal consiguió una gran compenetración
de sus tropas y consiguió mantenerlas unidas a pesar de tener que
pasar situaciones límite.
Las tropas cartaginesas con sus elefantes cargan contra la infantería romana. Wikipedia
El
gran hito por el que se recuerda a este estratega y puto amo de la
vida, es cruzar el río Ródano, los Pirineos y los Alpes con 38
elefantes de guerra, animales poco acostumbrados a ríos tan
caudalosos ni a pisar nieve. Aunque se ha demostrado que soportan
mejor el frío de lo que pensamos, si la temperatura car por debajo
de 0 grados, se les puede congelar la trompa, y eso no mola, pero no
pasó. Tampoco pasó que murieran de hambre, y eso, teniendo en
cuenta que cada elefante come 200 kilos de alimento al día, tiene su
mérito, más teniendo en cuenta que los pastos estarían cubiertos
de nieve. Todo esto convierte a Aníbal en un tremendo mákena. Voy a
poner un maquinómetro, en el blog, creando una clasificación con
todos los personajes cracks que vayamos viendo. Como es el primero
que vemos, Aníbal se pone en cabeza, veremos quién le supera, deja
el listón muy arriba.
Imaginaos
la visión que tenía que ser para una persona de la época, ver
pasar por su aldea a un tipo con 38 mastodontes con colmillos que no
había visto en la vida y que no sabía ni de dónde habían salido.
Debía ser fascinante (o terrorífico si le tocaba enfrentarse a
ellos). A mí siempre me ha alucinado y en juegos de estrategia tipo Imperium o Age of Empires, siempre elegía jugar con Cartago.
Aníbal
no logró entrar en Roma, ni siquiera lo intentó, no se sabe muy
bien si fue porque su ejército no disponía de tropas de asalto o porque
en ningún momento fue su intención. Sin embargo, sí que ganó
bastantes batallas en la península itálica, llegando bastante más
al sur de Roma y poniendo en verdaderos aprietos al Imperio Romano
durante dieciséis años. Tanto fue así que este último, tuvo que
pasar a la ofensiva, optando por una estrategia bastante
sorprendente: si Cartago atacaba en Roma, Roma atacaría en Cartago,
y así fue. Las tropas romanas, comandadas por Escipión, cruzaron el
Mediterráneo hacia Cartago, obligando a Aníbal a hacer lo mismo con
las suyas, dando lugar a la batalla de Zama. Aníbal y su ejército
caen derrotados, y aunque no la palma, sus días de gloria y los de
Cartago, ya han pasado.
Grabado de la Batalla de Zama, de Cornelis Cort (1567). Wikipedia.




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